Mistral, animal
Gabriela’s Zoo, decía el título de la colección particular de animales de Gabriela Mistral: una vez que ya tuvo varias postales de animales, las fue reuniendo a punta de mecanografía y tachadura a lápiz bic. Igual todo quedó disperso, Gabriela no publicó la colección. Algunos son salvajes y les gusta vivir libres, anotó al lado de un índice animal que estaba creando para sí misma. Algunos viven en el granero y algunos son mis mascotas, puso en otro grupo, donde tenía a la cabra, la ardilla, el conejo. Algunos nadan en el mar. Algunos se arrastran por el barro. Algunos reptan bajo tierra. Y algunos cargan casas sobre sus espaldas.
Gabriela hizo un muestrario de lo vivo, coleccionó estampas de animales sin ingenuidad: se permitió el asombro de lo criaturesco, pero también se conmovió con el cautiverio. Ris... ras... ris... ras, dice que hace el conejo cuando come trébol en el alfalfar. Quien acopia lo animal, se enfrenta a la tentación de describir el sentir humano a través del cuerpo de esa otra especie salvaje, pero Gabriela no pareciera tratarles como tema, sino como compañía emocional. Se les mete en la familia, son sus bestiecitas, sus hermanos mudos, los animales entran por la letra y salen por la pregunta: ¿se hereda lo sin nombre entre especies que comparten un espacio? Gabriela acaricia el lomo que la acompaña y deja de escribir por un momento.
La mesa, el cubículo, o narrar desde una ventana con vista al muro, nunca fueron espacios de escritura para ella. Ni lo aséptico de las tardes: se removía en el asombro de los altos contrastes. Ahí aparecía ese deseo, cuando dejaba entrar la vida y que de ella saliera en letra, escribiendo la musiquita mientras escuchaba el ritmo en un metal caminando de esquina a esquina. En esa atención está la creación, un acto contemplativo de apreciar detenidamente lo otro e intentar conservarlo. Con esto sucede algo interesante, ya no queremos ser como el metal, somos. No queremos ser como el conejo, somos. No queremos ser un cocodrilo en el Amazonas inspirando piraguas, lo somos. Esta es la clave para una escritura no antropocéntrica, la potencia de lo otro que se desdibuja de una postura bípeda con la cabeza erguida e ideas ilustradas y se abre para ser cielo, cuerpo sin pies, sin dedos, que habita nidos, mar, los huecos de la tierra o incluso de nuestra psique. Esa es la premisa de este libro, ser ese cuerpo.
Gabriela dijo que Chile le regaló un cielo azul. Hoy en la conmemoración de los 80 años de su premiación Nobel, le hablamos a ese cielo. Que sin duda el nudo que le dio la accidentada montaña del Elqui, sigue haciendo eco en nosotros.