La vieja lengua de los ríos
La Vieja Lengua de los Ríos tiene la atmósfera de las grandes novelas latinoamericanas, destinadas a perdurar en el tiempo; al abrir sus primeras páginas, se descubre la fuerza narrativa, una escritura poderosamente accionada por una exquisita técnica literaria, donde las escenas y tiempos se van desarrollando con sorprendente ímpetu artístico. El luminoso recorrido de las historias entrelazadas, evocan las obras de los principales cultores que ha dado el Continente.
En el sólido entramado, se yuxtaponen la génesis del hombre y la metáfora de América Latina, con personajes que asoman sin otra identificación que su nombre de pila o el recuerdo espectral de sus figuras, dando inicio a un bello canto de amor y de resistencia mítica por bosques y roqueríos de un antiguo paraíso.
Con esta maciza obra, es oportuno destacar las opiniones que, en su momento, especialistas y académicos ya avizoraban del escritor chileno, convirtiéndose en una feliz predicción :
“Reinaldo Marchant formará parte, sin duda, del recambio generacional de la novelística latinoamericana (Mario Benedetti)”; “La buena prosa le brota espontánea a Marchant, tiene buenos reflejos de lenguaje narrativo, y su escritura lleva la marca de la alegría creadora (Ignacio Valente)”; “La obra de Marchant nos hace pensar la lengua de modo distinto y ver el mundo con ojos nuevos (Jaime Hagel)”; “Sólo Rulfo y Borges me han impresionado tanto como el escritor chileno Reinaldo Edmundo Marchant (Juan Rubén Valenzuela)”; “El talento de Marchant es evidente. Su personalidad literaria, singular, su desmesura narrativa sólo la habíamos encontrado en el Diario del fin del mundo, de André Jouffé (Antonio Rojas Gómez)”; “Pareciera estar escribiendo, o pensando, es un escritor que no escribe, que no redacta, tal es su mérito. Será uno de los grandes escritores de Hispanoamérica” (Enrique Lafourcade).