Palabra emplazada. Francisco Gacitúa
La escultura es el arte que moldea la materia y tiene el último
encargo de detener el tiempo, para así señalar hechos tras los cuales
no se puede seguir viviendo. Por lo mismo es una disciplina que
tiene siempre los pies en la tierra, una porfiada reconexión con el
lado material de lo humano. Las primeras marcas culturales del
hombre en el paisaje fueron las del escultor. Francisco lo sabe, y en
estos papelitos que recopiló mientras calentaba el fuego en la fragua
lo explica con un cariño y una generosidad a toda prueba.
Francisco Gazitúa fue calderero y enfierrador en construcciones.
Hizo escaleras de caracol, suelos de piedra, mesas de madera,
lápidas funerarias, fuentes ornamentales, rejas y portones forjados,
lámparas y bancas en las plazas. Fue santero y retratista en bustos
de bronce. También ebanista, cestero y soldador. Pero ante todo ha
sido un profesor y noble maestro, por décadas. En vez de triunfar
en Nueva York o en Berlín, lo hizo (decidió hacerlo) en Pirque, su
paraíso perdido, mirando la cordillera de los Andes y alimentando
sus caballos.