Atemporales
Cuentos novelísticos
LA INESPERADA APUESTA POR LO “GROTESCO” DE DANILO PÉREZ ROMERO
“Gran parte del terror y la comedia se basa en el ritmo y la sincronización”.
Bill Hader, guionista y actor estadounidense.
Danilo Pérez Romero nace en Temuco el seis de marzo de 1968. A pesar de participar activamente en actividades folkloricas y teatrales, no da el salto a la literatura hasta la publicación de Diario de pub y Demases (2020). Aquellos habituados a la obra de Pérez Romero estarán también familiarizados con su extensa producción: Hospital psiquiátrico, el recostar de las hojas (2022), Nichos vivientes (2023), Envuélveme (2023), La fuente de Neptuno (2024), Cuentos mágicos (2024), ¿Quién eres? (2024), Fabuloso (2025) y el relato infantil ¡Soy capaz para más! (2025). Su obra es producto de una trayectoria prolífica, marcada por la experimentación con distintos géneros, temas y formas de escritura.
El libro que ahora nos convoca lleva el título de Atemporal, se trata de antología de cuentos en las que, nuevamente, Pérez Romero radicaliza algunos motivos y temas que ya podíamos atisbar en Costa carmesí, volumen influenciado por el romanticismo y el gótico, y en el que lo siniestro y lo sobrenatural hacía acto de presencia de manera constante. En uno de los capítulos de Atemporal titulado “El zunco”, se asienta el tono del libro. Se trata de un relato que, en su breve extensión, nos narra la historia de un protagonista sin nombre que mantiene una guerra declarada y personal con perros de todo tipo. Un desquiciado que “se ayudaba con una especie de torno de madera adaptado y de grandes dimensiones” para hacer con los animales innombrables sesiones de tortura. Un texto que, sobre todo por su cierre, nos remite a algunos trabajos de Laiseca y su propuesta de realismo delirante.
La siguiente narración lleva el título de “El bromista del sepulcro”. En el seguimos a un protagonista apenas menos psicótico que el anterior: un aficionado a realizar bromas a los desprevenidos visitantes de un cementerio. Una situación que no tarda en escapársele de las manos, cuando divisa “a una abuelita que visitaba justamente la tumba de alguien contiguo de donde él estaba”. La broma adquiere un cariz perturbador cuando la anciana reacciona de un modo inesperado, obligando al protagonista a enfrentarse a las consecuencias de su crueldad. Se trata de un relato que, igual que el que lo precede, encuentra lo cómico en lo perverso. En este caso su protagonista, casi arquetípico, nos remite a obras como Soichi y sus maldiciones caprichosas del ahora justamente venerado Junji Ito.
El último de los relatos que comentaremos aquí lleva el nombre de “La orgía de los antropófagos”. El protagonista, un limpiador de piscinas, relata lo acontecido en una casona que “escondía de seguro los secretos más libidinosos y escabrosos que alguien pudiese imaginar”. Un texto contingente por su relación con la otrora popular teoría de la conspiración pizzagate que, tras los horrores del caso Epstein, ha tenido un resurgir en los últimos años. El autor nos presenta una idea inquietante por su cercanía: una elite corrupta y vampírica, que se dedica a romper las convenciones más elementales de nuestra sociedad para perpetuarse en el poder.
Lo que ocurre con Atemporal es curioso. Sus títulos hacen pensar en aquellas obras que en la escena anglo han denominado Extreme Horror: historias límite, chorreantes de sangre, pobladas por dementes y las más descriptivas visceralidades. Sin embargo, en la obra de Pérez Romero la violencia hace acto de aparición de forma más bien tangencial. Sus horrores son apenas descritos, muchas veces quedando solo en la mención, su maldad es cotidiana y carente de grandilocuencias. Los finales, además, suelen tener algún componente moralizante, aunque relativamente apolítico, como es el caso de “El bromista del sepulcro” o “La orgía de los antropófagos”, lo que termina por distanciar a Pérez Romero de autores como, por ejemplo, el inglés Clive Barker o la argentina Agustina Bazterrica. En el caso de esta última, identificamos en su novela más notable, Cadáver exquisito, un carácter incluso militante.
En varios de los cuentos de Pérez Romero el interés no está tanto en la construcción de una atmosfera o del horror; en su lugar, el foco se encuentra en el efecto inmediato de ciertas escenas o desenlaces. El autor privilegia el remate sorpresivo. En ese sentido, no sorprende su afinidad a lo cómico, puesto que sus narraciones suelen estructurarse como un chiste, es decir: presenta una situación, luego la desarrolla y finalmente hace irrumpir un giro inesperado que rompe una expectativa, giro que, en el ámbito humorístico, llamamos punchline. Esta cuestión no resulta ajena a la literatura de género, siendo quizás el ejemplo más notable el cuento “No tengo boca y debo gritar” del estadounidense Harlan Ellison. Los relatos de este volumen poseen una imaginería cercana a la oralidad, a la anécdota o al rumor. Un tono que parece surgido de una conversación de pasillo en el trabajo o en los comentarios que, en la infancia, escucharíamos intercambiar a nuestras abuelas con las vecinas.
En definitiva, este libro confirma a Danilo Pérez como un autor capaz de explorar zonas limítrofes cada vez más extremas, entre lo siniestro y lo paródico. Se trata de textos con una marcada economía, que difícilmente harán temblar a alguien, puesto que no es a lo que aspiran. Los textos aquí reunidos se regocijan en presentar a la maldad tal y como es en la realidad: absurda, ocasionalmente cómica en sus excesos, pero sobre todo patética. En su conjunto, una curiosa adición a la extensa obra de Pérez Romero.
Wellington Rojas Valdebenito.
Escrito en el valle de Angol, abril 25, 2026.