Consomé punk
La idea de hacerse caldo de cabeza es una verdadera metáfora de lo que podría significar una cazuela a estas alturas de la historia. Pero esa abundancia, se piensa en pasado. Las calles hoy día sobreviven a otros vacíos, moderan sus gritos, "se volvieron tristes". No hay abundancia, son un “puro consomé”. Saborear, entonces, los libros de la buena memoria en un caldo sí que es punk.
"El universo trajo/ un mar de oportunidades/ ventanas para abrir y mirar"
Los versos caen como corriente río abajo, y como pan de cada día, ocupan espacios abandonados que vuelven a encontrar su sitio, vuelven a germinar y a renacer en las viejas contiendas que siguen conservando su valía por una misma inspiración que prevalece. Es la ligatoria de la resistencia cotidiana de los “mutismos hacinados” incomprendidos incluso en las contiendas contra la clase opresora. Es algo que surge solo entre mujeres como crujencia amable o dolor sabroso de lo simple.
"Leer es subversivo/ (...)/ la bien portada sorteaba peligros"
Una voz insistente de recuerdos representa el impulso de un gozo subversivo y del placer de ver y oler la mantequilla derritiéndose antes de una bocanada de nostalgia.
"Entre penumbras aprendimos a ser luz"
A lo largo de la travesía poética que se ofrece aquí, Claudia, demanda la legitimidad de su deseo de vivir tranquila y rebosante de vida. Deja que aparezcan estas sensaciones en una textualidad agresiva e irreverente, llena de contrastes vívidos que materializan en la experiencia lectora las rígidas barreras que impiden conseguir una tregua con la dignidad.
"Sueño que algún día recuperaremos lo perdido y nos sacudiremos la desesperanza y la frustración"
Atrapa su reflexión política que insiste desde lo doméstico, desnudando las distintas corrupciones de la organización social, mientras se desnuda así misma frente a un espejo y luce orgullosa las cicatrices de esas luchas.
"He transitado con coraje por donde los caminos se abren"
La oralidad que atraviesa este libro recuerda que ciertas realidades no sobreviven en los archivos sino en las conversaciones. En esos intercambios cotidianos, tantas veces considerados menores, donde las mujeres no solo transmiten experiencias, producen mundo, sostienen memoria y ensayan futuros.
Lo que Donna Haraway nombra como ‘conocimientos situados’ y ‘worlding’ (hacer mundo): "Importa qué pensamientos piensan pensamientos. Importa qué historias hacen mundos”. Estas imágenes se pueden apreciar también en la manera en que se construye Fadda al ver ese Chile ardiendo en las venas de una autora hospitalizada que manifiesta sus ilusiones, porfiadamente, en el espacio común. Sostiene una reflexion política constante, que me atrevería a interpretar como feminista, sobre los valores de la libertad.
"La esclavitud ha cambiado de rostro/ se disfraza con ropajes finos/ gracias a infinitas cuotas que pronto serán impagables"
Pero luego es ella su propio atado de lujos, reconoce sus nudos, tantea entre párrafos una orgullosa identidad rebelde. Se reconoce como fruto del universo y no de una cultura:
“Tal vez soy una suicida/ por decir lo que pienso y siento”
Reconocer lo sagrado como lo único concreto en la existencia humana es en esencia resistencia y rebeldía. Es la conciencia de que los sentidos se disponen como elementos fundamentales y logran verbalizarse en la acción de la gratitud matutina, incluso el cáncer es compañía en la iusión de convivir en un mundo de forma solidaria sin miedo al otro ni a la incertidumbre.
"Convivo con la incertidumbre en paz"
Una compleja mezcla de sabores se instala en este paladar que aprecia lo agridulce de la vida. La contradicción de la vida y de la muerte, de lo natural y de la sofisticada violencia humana del sobrevivir a pesar de circunstancias hostiles. Una bitcora de sobrevivencia que parece haber alcanzado su propia redención, como dueña absoluta de sí, y
como su propia diosa transmutada, se levanta en cada poema a regozijarse sobre las amenazas -título de uno de los poemas epidurales del libro-.
La autora explora lo inexplicable desde su testimonio vital encontrando el hilo conductor de su presente desde su infancia en un eterno retorno que encuentra siempre el origen de esa rabia insaciable. Se descubre en cada escrito con su salvaguarda punk.
Un destello de algo antiguo, un rescate a esa oralidad primordial entre mujeres me recordaron en “Me quedo con la gente sencilla” el libro de Margarita Porete “El espejo de las almas sencillas”. Libro por el cual la referenciada fue condenada, perseguida por 60 años y quemada después. Algo de ese arranque, de esa huída poética encuentro en este libro, como si persiguiera redimirse en la entrega a su condena que asume orgullosa, porque no es nada más que una resistencia legítima por mantenerse transparente, instintiva y aguerrida.
Juana Alejandra, Oviedo y Concepción, 2026.