Dos veces vivo
Muchos de nosotros aprendimos en la escuela algo sobre líquenes:
que son una especie indicadora de la contaminación (litmus, de
hecho, deriva de la palabra liquen), y que son el resultado de una
alianza sinergética entre un hongo y un alga o cianobacteria, datos
ciertos, pero no obstante simplistas. Si la ecología de los líquenes
tiene que ver más con la colaboración que con la competencia,
resulta sin duda cierto decir que cualquier colaboración siempre
es transformadora. Mediante los líquenes –que, según algunos,
están más cerca de los animales que de las plantas–, los organismos
son modificados por completo en su forma compacta y ya no
pueden retroceder a lo que eran antes. Siguiendo las ideas de Anne
Pringle, una de las más importantes micólogas contemporáneas
(con quien tuve la suerte de colaborar), puede pensarse que, dado
suficientes nutrientes, los líquenes no envejecen. Anne, junto
a otros biólogos contemporáneos están afirmando que nuestro
sentido de la inevitabilidad de la muerte puede estar determinado
por nuestra condición mamífera. Quizás algunas formas de vida
tienen “inmortalidad teórica”. Los líquenes logran reproducirse
asexualmente, y cuando lo llevan a cabo, pedacitos de ambos
aliados se dispersan juntos para establecerse en un nuevo hábitat.
¿Cuánto podrán los aliados de un linaje seguir reproduciéndose?
Nadie sabe. El pensar en dos cosas que emergen y se alteran
mutuamente el uno al otro, dos cosas que, entremezcladas e
interactuando, se vuelven una sola que no envejece, me lleva a
relacionarlo con la naturaleza de la intimidad. ¿No es a menudo,
en nuestras relaciones más íntimas, donde nos damos cuenta de
que nuestra identidad, cualquier identidad, es combinatoria?