HiroChile
HIROCHILE se presenta como un mecanismo de extrañamiento, la distancia entre la voz que nos guía a través de las imágenes y la temporalidad de los hechos que parece o sugiere narrar, se disuelve en las estampas que nos presenta, crudas y fragmentarias en su contenido. El átomo –y sus efectos devastadores– se expone como el protagonista o agente destructor de los cuerpos que nos van contando sus historias, atomizándose ellos también en el proceso. Al respecto, señala la autora: SIENTO EL CUERPO HERIDO dinamizado como granada / estrujado, goteante y discurrido; efectos que se extenderán de modo interminable en HIROCHILE hasta el órgano, piel, quiste o tumor. La destrucción que genera el átomo no se enquista en un hecho histórico particular, aunque la referencia es obvia y universal. El átomo, como centro del relato, avanza desde su descubrimiento hasta desmenuzar la corporalidad en jirones y llagas vivas. Un relato anónimo nos presenta diversas voces en la que incluso la carne pareciera adquirir el suficiente contorno para narrar su propio testimonio desgajado y en constante mutación, así dirá: surge entre las cuencas vacías de mis ojos / surgen unas costras, un manojo de pliegues. Algunas de las voces parecen encarnadas todavía, mientras otras apenas logran vocalizar el trauma. El poema Visión de Hiroshima de Oscar Hahn bien pudo dar inicio a esta obra con su verso: Ojo con el ojo numeroso de la bomba, que se desata bajo el hongo vivo, o tal vez las palabras de Jeremías, que en su Libro de las Lamentaciones, señaló con toda crudeza: por qué no me mató en el vientre / y mi madre hubiera sido sepulcro (20:17), que bien podría ser la seña de la segunda y tercera parte del poemario, en que la mutilación del individuo se presenta de forma psíquica y emocional, con ribetes reconocibles en el pasado reciente de nuestra historia.