Caza nocturna
se está donde nos amasó la luz atados y violentos infelices
En caza nocturna, la podredumbre de la carne acecha a los animales sometidos a la agresión de la luz. Una cacería de lo propio sobre lo propio; o de lo propio hecho ajeno a través de los sueños y el lenguaje; o de lo que fue siempre extraño: la mirada del tizón persiguiendo el llamado del fulgor y de la sombra. Aquí, la poesía inclasificable de Olvido García Valdés indaga en la relación entre el ojo y la palabra mediante una escritura que, por volátil, es leve, pese a contener un pensamiento filosófico denso. De allí la precisión de cada verso. Una precisión que hace entrar y entrar a la palabra hasta el pulso primero de lo vivo, a un «conocido temblor» donde se «percibe lo que se es». Esta escritura encuentra en los trazos pictóricos de Paolo Ucello, Kasimir Malevich y Arshile Gorky un lugar donde morar, una casa donde encontrar una aguja, un arpón y una dulzura para alcanzar a la presa.